Las capas moradas

Aquella mañana, como todas en los dos últimos años, Isabella y María se dirigían al trabajo. Iban en silencio, cada una inmersa en sus pensamientos; las dos envueltas en sus nuevas capas moradas. Las habían confeccionado ellas. Era un buen paño que había llegado a la fábrica, pero tenía tara. Cuando el encargado les dijo que se iban a deshacer de aquellos metros de tela pidieron permiso para cogerla.

    Isabella llevaba días dándole vueltas a lo mismo, desde que fueron a aquella reunión de mujeres, “Las Sufragistas”. Decían que tenían los mismos derechos que los hombres. Las mujeres, cuando terminaban su jornada laboral todavía les quedaba el trabajo en casa.

    No podía evitar recordar, con añoranza, a su madre y las mujeres de su pequeño pueblo en Italia. Curtidas en el campo, en sus ojos se podía ver el sometimiento y la desilusión. Quiso huir de todo aquello marchándose a Nueva York, pero allí no era diferente. Seguía encontrando las mismas miradas en diferentes mujeres.

    En aquella reunión las mujeres proclamaban que una mujer tenía que cobrar lo mismo que un hombre; tan válido era el trabajo de ellas como el de ellos. En la fábrica trabajaban diez horas de lunes a viernes y los sábados ocho. Sabían que los hombres cobraban más. Pero no podían decir nada, si alguna se quejaba era despedida. Con su sueldo a duras penas podían vivir y mandar algo a sus familias. También hablaban del sufragio femenino. Isabella nunca había pensado en que las mujeres pudieran votar… Pero por qué no. Siempre había soñado con tener una pequeña tienda. Sabía que para conseguirlo dependía del hombre con el que se casara. Por ser mujer, no tenía derecho a manejar las finanzas de un negocio y mucho menos a tenerlo a su nombre.


María recordaba ajustarse la capa, estaban a finales de marzo y el frío en Nueva york parecía eterno. Había conocido a Isabella en el barco que las traía de Italia a Nueva York. Solo se tenían la una a la otra en esa tierra lejos de la suya. Muchas veces hablaban sobre formar una familia. Soñaban con pasear del brazo de sus maridos, mientras sus hijos correteaban por Central Park. Pero aquella reunión de las “Las Sufragistas” le hacía cuestionar muchas cosas. ¿Por qué no tenían derecho sobre sus hijos? Las mujeres los traían al mundo pero eran los esposos quienes decidían. Si los dos eran padres de esa criatura, los dos debían decidir. Solo pensar que el padre podía dar a un hijo en adopción sin consultar con la madre le ponía los pelos de punta. Tampoco tenían derecho a cursar estudios, siempre habían dicho que eran inferiores a ellos.

    Llegaron a la puerta. María levantó la vista y observó el imponente edificio que hacía esquina. La fábrica ocupaba las últimas plantas. Cuando Isabella llegó a su planta, la octava, se despidió de ella. Les quedaba una larga jornada por delante, cosiendo camisas de hombre. Cuando se abrieron las puertas del ascensor, en el décimo piso, salió dispuesta a incorporarse a su puesto de trabajo. Un ligero olor a quemado hizo que sus ojos dieran un barrido a lo que la rodeaba. Fue como ir sumando: el suelo estaba lleno de hilos y trozos de tela; los cubos de basura hacía dos meses que no se habían vaciado; las ventanas enrejadas… y ese olor a quemado… Se dió la vuelta gritando que salieran, tenían que abandonar el edificio. Sus compañeras la miraron como si estuviera loca y siguieron su camino. Corrió escaleras abajo, tenía que encontrar a Isabella. Cuando llegó a su planta el olor era más intenso. La gente había empezado a salir, pero algunas se negaban a dejar su puesto, decían que no era nada. Gritó llamando a Isabella, preguntó por ella; nadie la había visto. Un humo negro había comenzado a inundarlo todo. El corazón le latía cada vez más deprisa. Era consciente de que tenía que salir de allí o moriría. Se recogió la falda y empezó a bajar los escalones a saltos. El humo empezaba a envolverla. Tenía que huir, su vida no podía terminar allí. La gente había entrado en pánico precipitándose por la escalera. Se estaba ahogando… pero tenía que seguir.

    Por fin veía la luz de la calle, estaba llegando a la planta baja… pero las fuerzas le fallaban y cayó al suelo… No quería darse por vencida pero se le cerraban los ojos… Rozando la inconsciencia le pareció ver a Isabella con su capa morada.


    Sara, arrodillada ante el antiguo baúl que había encontrado en el desván de la abuela, leía la carta que estaba dentro de una caja de cartón, junto con dos capas de color morado, descoloridas por el paso del tiempo pues tenían más de cien años. Cogió con delicadeza las dos prendas de abrigo que habían llevado la abuela María y la tía Isabella. Ellas le habían contado su lucha por conseguir sus sueños. Pocas veces hablaban del incendio en la fábrica y de cómo sobrevivieron.

    En el fondo de la caja encontró un recorte de periódico con fecha de marzo de 1911. Las lágrimas solo le dejaron leer el titular:

    NUEVA YORK, 25 MARZO 1911

EN EL INCENDIO DE LA FÁBRICA FALLECIERON 146 PERSONAS: 17 TRABAJADORES Y 129 TRABAJADORAS. MUJERES Y NIÑAS ATRAPADAS, EN UN DÉCIMO PISO, PÉRDIDAS EN LAS LLAMAS O ASFIXIADAS HASTA MORIR. LA MAYORÍA DE LAS VÍCTIMAS ERAN JÓVENES INMIGRANTES DE EUROPA DEL ESTE E ITALIA.

Sara, emocionada, guardó todo como estaba en la caja y cerró el baúl. Ahora era ella quien regentaba el negocio de Isabella y María.

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