Mi rincón favorito

Hace tiempo que no visito este lugar. Siempre me ha gustado venir a pasear. Sentada escuchaba el silencio, calmaba mi alma. No recuerdo por qué dejé de venir. Siempre fue un sitio tranquilo donde nadie me molestaba, en el que podía caminar sola por el laberinto. Pero hoy está de lo más concurrido, aunque todos están muy callados. Algunas caras me son familiares, pero tal vez sea por que los he visto en la entrada.

   No se les oye hablar, solo el sonido de sus pasos al caminar. Suficiente para no dejarme oír mis ideas. Ese que va el último es el tipo escandaloso que en la puerta, tocando las palmas como si bailara flamenco, decía “Venga que nos vamos de entierro”, recibiendo las miradas de recriminación de algún asistente al acto. A la que va al lado la conozco. ¿Por qué estará aquí?

   Será tonta, le estoy haciendo señales con el brazo y no me ve. Nada, que voy a tener  que acercarme a ella y al atontado del bailarín. Como para pasar desapercibida, se han puesto en primera fila. Aquí me quedo, junto al montón de flores. En cuanto crea que nadie la ve viene a llevarse el ramo que más le guste, entonces provoco el saludo y vuelvo a casa con ellos, en su coche.

   ¡Qué mal tengo la vista! Pues los que están en primera fila parecen mis hijos… y mis amigos… Un momento… En la pequeña lápida que cierra el nicho está escrito mi nombre… Una de las personas que pasea en silencio se acerca y extendiéndome la mano dice, con voz profunda, “Bienvenida al cementerio municipal”.

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